domingo, 21 de octubre de 2012

Pietr,el Letón (Los casos de Maigret), de George Simenon

El libro justo en el momento justo!


A veces se produce esa casualidad que consiste en que la lectura y el estado de ánimo están perfectamente sintonizados... De algún modo necesitaba que el universo conspirará un poco a mi favor y me encontrará yo de bruces con este libro el otro día... Una buena novela negra o una novela policíaca, de las clásicas, para desengrasar y dejar atrás diez días de nubes negras en la cabeza, un comisario Maigret del que había oído hablar pero al que todavía no me había encontrado....

He disfrutado con esta novela y si tuviera otra de Maigret en mis manos, ahora mismo la empezaba.

Es una novela de género, bien escrita y mejor estructurada aún en la trama. A lo largo de unas páginas muy bien escritas y muy ágiles en su lectura, ta va guiando por un argumento policíaco en el que te deja entrever parte de la solución pero siempre se conserva el misterio siempre falta algo por conocer. La novela basa gran parte del argumento en las duplicidades de los personajes: un asesino con dos caras, un cómplice con doble vida, dos mujeres en la vida de un mismo hombre.. Las cosas, las personas, todas tienen su reverso...

Y, como protagonista indiscutible, un inspector de policía francés, el comisario Maigret, del que bastan pocas líneas para definirlo y para dar al lector una idea muy precisa tanto de su imponente físico como de su fortaleza de carácter. Vuelve a ser una constante de la buena novela negra, los personajes se describen por los diálogos y por como actúan en la narración, apenas hay descripción. Maigret es un personaje con fuerza, que nace con esta novela y que se irá fortaleciendo y agrandando en otras muchas...

No puedo olvidar la ciudad como telón de fondo, como parte de la trama, las ciudades que habitan en una misma ciudad, el mundo de la noche y el hotel de día, los barrios con sus ambientes y las estaciones de tren van perfilando un París complejo que es donde se teje la trama.



Con ganas de visitar París en unas semanas, paseo por la Gran Vía de Madrid en un día lluvioso, la energía vital que transmite la Gran Vía aún en domingo por la mañana: vitalidad, fuerza, cargar las pilas para la semana!  Y un buen rato en La Casa del Libro, que sigue siendo ese lugar mágico en el que perder las horas buscando lo que ya conoces y descubriendo nuevos títulos... Un edificio precioso y bien conservado!




Y en el iPad suena la voz de mi amiga Constanza en un tango con una letra preciosa, "Tu y yo no somos tu y yo sino dos locos inconscientes..."  de la película Inconscientes, tango compuesto por Sergio Moure ...


Tarta fría"la Corralada", de nata y coco

... así la llamamos en mi casa porque es, más bien era, la tarta de la casa del restaurante La Corralada en Madrid y cuya dueña dio la receta  a mi madre hace ya muuuchos años, tantas veces hecha, tantas veces disfrutada...

Postres con sabor a infancia y canciones de jazz con sabor a nostalgia como esta maravillosa canción de Melody Gardot, Baby I´m a fool que acompaña en una tarde lluviosa de domingo. Cada día me gusta más esta cantante!

Ingredientes:

  • Un paquete de galletes maría,
  • una tarrina de nata montada,
  • mermelada de fresa,
  • un paquete de coco rallado,
  • leche con unas gotas de coñac o ron,
  • unas fresas para adornar.

Es una tarta a capas, que se deja enfriar y se sirve.
Muy fácil de hacer!



Se mojan las galletas en un plato hondo con la leche con unas gotas de ron y se va haciendo una capa en la base del molde, cuando ya está hecha, se añade una capa fina de mermelada de fresa y encima, una de nata montada... se vuelve a empezar con una segunda capa de cada ingrediente y en el mismo orden, galletas, mermelada y nata. En esta segunda capa, la de nata se hace más gruesa y encima se le añade abundante coco rallado. Al final se cortan unas fresas y se adorna...
Se conserva en el congelador y se saca una hora antes de consumir para que esté en su punto.


Otoño de girasoles, llenar de flores y plantas la casa para el invierno, encender la chimenea en casa de Eva, un café a media tarde después de un paseo... pequeñas cosas que nos da la vida... La cocina y los libros!


domingo, 14 de octubre de 2012

Magdalenas de colores, de chocolate y fresa




No volveré a ser joven
(“Poemas póstumos” 1968)
Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.
Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.
Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

(Jaime Gil de Biedma)



Las magdalenas nunca salen iguales ni saben de la misma forma... cada vez que hacemos magdalenas, el sabor será distinto por la cantidad de mantequilla, por el azúcar, por el toque del horno... hacer magdalenas tiene la incertidumbre del cómo saldrán esta vez. Escuchar música de The Coors, como esta canción Only when I sleep mientras removemos la masa, charlando en la cocina... Esos momentos que nos devlelven la paz cuando sabemos disfrutar el momento, el aquí y el ahora, sin más...





Ingredientes para 12 unidades
  • 8 cucharadas de mantequilla, 
  • 110 gr de azúcar, 
  • 2 huevos, 
  • 1 cucharada de leche, 
  • unas gotas de extracto de vainilla, 
  • 175 gr. de harina.



Se echa en un cuenco la mantequilla derretida con el azúcar y se bate bien. Se añaden la leche, el extracto de vainilla y los huevos y, por último, la harina. Se bate bien con las varillas y se reparte en los moldes. Se hornean unos 15 minutos en horno pre-calentado, a 200 grados. Cuando estén doradas las magdalenas, se sacan del horno.

Ingredientes para la cobertura:
  • 6 cucharadas de mantequilla,
  • 175 gr. de azúcar glasé,
  • A) colorante rosa + mermelada de fresa,
  • B) chocolate fundido.

Se bate la mantequilla con el azúcar en un bol. Se reparte en dos partes, una para la cobertura de fresa (A) y otra para la de chocolate (B).

Cuando las magdalenas se hayan enfriado, se decoran con la cobertura con una manga pastelera.

Marta poniendo el topping de fresa con la manga pastelera:







"But it's only when I sleep, aaaaaaa 

Got me spinning round and round 
Turning upside (down) 

Up to the sky 
Where angels fly 
I'll never die 
Hawaiian High 
But it's only when I sleep. "





Los hermanos Rajk,de Duncan Shiels

En mi mesilla, un drama sobre la historia de Hungría... que sigo leyendo a pasos muyyyy lentos, quizá porque necesito desatascar un poco con novela negra, con algo más ligero.

Lectura en la mesilla, mientras leo otros libros, eso si, con una canción en la cabeza, Desiree, de Ryan Adams para este libro...



Es la historia de dos hermanos con distinta adscripción política, en la Hungría moderna,... con sus luchas, enfrentamientos, ...

... y, mientras tanto, esmaltes azules y rojos que salen del horno!

lunes, 1 de octubre de 2012

Crepes de Marta, con crema pastelera

Hay días en los que hay que parar porque la cabeza y el cuerpo necesitan descansar así que hoy la receta se la debo a mi hija Marta, infatigable en la vida y en la cocina que, el otro día, nos hizo unos crepes para relajar de los estudios de los que disfrutamos para cenar y para desayunar al día siguiente!

Crepes de Marta con crema pastelera

Ingredientes:
  • 200gr de harina
  • 1 vaso de leche (250ml)
  • 2 huevos
  • 3 cucharadas de azucar
  • Una pizca de sal
  • Una cucharada de matenquilla

Ingredientes de la crema pastelera o natillas:
  • 1/2 litro de leche
  • 150 gr de azúcar
  • 5 gr de maizena
  • 2 yemas de huevo

Preparación:
Se derrite la mantequilla en el microondas. A continuación se mezclan todos los ingredientes en un bol y se baten con unas varillas eléctricas hasta que quede una masa homogénea. Se deja reposar unos 20 mins.  Una vez reposada la masa se calienta una sartén con un poco de mantequilla y se van haciendo los crepes.

Preparación de las natillas :
Se pone la leche a hervir. En otro cazo se mezclan las yemas la maizena y el azúcar con un poco e leche fría para que se disuelva bien. Cuando la leche está hirviendo se le echa la mezcla anterior y se remueve constantemente hasta que espese.

Tarde de sábado de esmaltes y domingo de cocción... nunca sabemos cómo van a salir las piezas esmaltadas hasta que abrimos el horno... You never know, que toca Jeff Beck con sus solos de guitarra rockera a quien pude ver hace un par de años en concierto.

Antes de la cocción con esmaltes:

Después de la cocción con esmaltes: 


Cocinar, hacer barro, esmaltar, esperar a que el horno se enfríe para ver los resultados... hacer las cosas de forma consciente, aquí y ahora, dar importancia a las pequeñas cosas de la vida, disfrutar en la cocina, disfrutar creando...


domingo, 30 de septiembre de 2012

"El colombre", cuento de Dino Buzzati


Comparto un regalo que me han hecho... una lectura breve para antes de acostarse! Y para que aprendamos a reconocer las ironías del destino sin permitir que se nos haga tarde para cumplir nuestros sueños...


El colombre

"Cuando Stefano Roi cumplió los doce años, pidió como regalo a su padre, capitán
de barco y patrón de un bonito velero, que lo llevase consigo a bordo.
—Cuando sea mayor —dijo—, quiero navegar por los mares como tú. Y mandaré
barcos todavía más bonitos y grandes que el tuyo.
—Dios te bendiga, hijo mío —respondió su padre. Y como justamente aquel día su
carguero debía partir, se llevó al chico consigo.
Era un espléndido día de sol; el mar estaba tranquilo. Stefano, que nunca había
subido al barco, paseaba feliz por cubierta admirando las complicadas maniobras del
aparejo. Y preguntaba esto y lo otro a los marineros, que, sonriendo, se lo explicaban
todo.
Cuando fue a parar a la toldilla, el chico, picado por la curiosidad, se detuvo a
observar una cosa que salía intermitentemente a la superficie a una distancia de unos
doscientos o trescientos metros, allí donde estaba la estela de la nave.
Aunque el carguero volara ya, empujado por un magnífico viento de popa, aquella
cosa mantenía siempre la misma distancia. Y, aunque él no comprendía su naturaleza,
tenía algo indefinible que lo atraía intensamente.
Al dejar de ver a Stefano por allí, su padre, después de haberlo llamado a grandes
voces en vano, abandonó el puente y fue a buscarlo.
—Stefano, ¿qué haces ahí plantado? —le preguntó al verlo finalmente en la popa,
de pie, absorto en las olas.
—Ven a ver, papá.
El padre acudió y miró también en la dirección que le indicaba el muchacho, pero
no alcanzó a ver nada.
—Es una cosa oscura que asoma cada tanto de la estela —dijo—, y que nos sigue.
—A pesar de mis cuarenta años —dijo su padre—, creo tener todavía buena vista.
Pero no veo nada en absoluto.
Como su hijo insistiera, fue en busca del catalejo y exploró la superficie del mar allí
donde estaba la estela. Stefano lo vio ponerse pálido.
—¿Qué es? ¿Por qué pones esa cara?
—Ojalá no te hubiera escuchado —exclamó el capitán—. Ahora temo por ti. Eso
que has visto asomar de las aguas y que nos sigue no es una cosa. Es un colombre. Es el
pez que los marineros temen más que ningún otro en todos los mares del mundo. Es un
escualo terrible y misterioso, más astuto que el hombre. Por motivos que quizá nunca
nadie sabrá, escoge a su víctima y, una vez que lo ha hecho, la sigue años y años, la vida
entera, hasta que consigue devorarla. Y lo más curioso es esto: que nadie puede verlo si
no es la propia víctima y las personas de su misma sangre.
—¿Y no es una leyenda?
—No. Yo nunca lo había visto. Pero como lo he oído describir tantas veces, en
seguida lo he reconocido. Ese hocico de bisonte, esa boca que se abre y se cierra sin
cesar, esos dientes espantosos... Stefano, no hay duda, desgraciadamente el colombre te
ha elegido y mientras andes por el mar no te dará tregua. Escucha: vamos a volver ahora
mismo a tierra, tú desembarcarás y nunca más te separarás de la orilla por ningún
motivo. Tienes que prometérmelo. El trabajo del mar no es para ti, hijo mío. Tienes que
resignarte. Por otra parte, en tierra también podrás hacer fortuna.
Dicho esto, hizo invertir el rumbo inmediatamente, volvió a puerto y, con el
pretexto de una inesperada indisposición, desembarcó a su hijo. Luego volvió a partir
sin él.
Profundamente agitado, el muchacho permaneció en la orilla hasta que la última
punta de la arboladura se sumergió detrás del horizonte. Más allá del muelle que cerraba
el puerto, el mar quedó completamente desierto. Pero, aguzando la vista, Stefano
alcanzó a distinguir un puntito negro que aparecía intermitentemente sobre las aguas:
era «su» colombre, que iba lentamente de aquí para allá, empeñado en esperarlo.
Desde entonces se emplearon todos los recursos posibles para alejar al muchacho
del deseo del mar. Su padre lo mandó a estudiar a una ciudad del interior distante
centenares de kilómetros. Y durante algún tiempo, distraído por su nuevo ambiente,
Stefano dejó de pensar en el monstruo marino. Sin embargo, cuando en las vacaciones
de verano volvió a casa, lo primero que hizo en cuanto dispuso de un minuto libre fue
apresurarse a ir a la punta del muelle para hacer una especie de comprobación aunque
en el fondo lo considerase superfluo. Aun admitiendo que toda la historia que le contara
su padre fuera verdadera, después de tanto tiempo el colombre sin duda habría
renunciado a su asedio.
Pero Stefano se quedó allí parado, con el corazón desbocado. A unos doscientos o
trescientos metros del muelle, en mar abierto, el siniestro pez iba arriba y abajo con
lentitud, sacando de cuando en cuando el hocico del agua y volviéndolo hacia tierra,
como si mirase ansiosamente si Stefano Roi aparecía por fin.
De esta suerte, la idea de aquella criatura enemiga que lo esperaba noche y día se
convirtió para Stefano en una secreta obsesión. E incluso en la lejana ciudad le ocurría
despertarse en plena noche víctima de la inquietud. Estaba a salvo, sí, centenares de
kilómetros lo separaban del colombre. Y, sin embargo, sabía que más allá de las
montañas, más allá de los bosques, más allá de las llanuras, el escualo lo aguardaba. Y
que, aunque se trasladara al continente más remoto, el colombre se apostaría en el
espejo del mar más cercano con la inexorable obstinación de los instrumentos del
destino.
Stefano, que era un muchacho serio y diligente, continuó sus estudios con provecho
y apenas fue un hombre encontró un empleo digno y bien remunerado en un almacén de
la ciudad. Mientras tanto, su padre murió víctima de una enfermedad. Su viuda vendió
su magnífico velero y el hijo se halló en posesión de una discreta fortuna. El trabajo, las
amistades, las distracciones, los primeros amores: ahora Stefano se había hecho ya su
vida, pero, a pesar de todo, el pensamiento del colombre lo perseguía como un
espejismo a la vez funesto y fascinante; y, con el paso de los días, en vez de
desvanecerse, parecía hacerse más insistente.
Grandes son las satisfacciones de la vida laboriosa, holgada y tranquila, pero aún
mayor es la atracción del abismo. Apenas había cumplido Stefano veintidós años
cuando, tras despedirse de sus amigos y abandonar su empleo, volvió a su ciudad natal y
comunicó a su madre su firme intención de seguir el oficio paterno. La mujer, a quien
Stefano jamás había hecho mención del misterioso escualo, acogió con júbilo su
decisión. En el fondo de su corazón, que su hijo hubiera abandonado el mar por la
ciudad siempre le había parecido una puñalada a las tradiciones de la familia.
Y Stefano comenzó a navegar, dando prueba de dotes marineras, de resistencia a las
fatigas, de ánimo intrépido. Navegaba, navegaba y en la estela de su carguero, de día y
de noche, con bonanza y con tempestad, se afanaba el colombre. Él sabía que aquella
era su maldición y su condena, pero quizá por eso mismo no tenía fuerzas para apartarse
de ella. Y a bordo nadie veía el monstruo excepto él.
—¿No ven nada por allí? —preguntaba de cuando en cuando a sus compañeros
señalando la estela.
—No, no vemos nada. ¿Por qué?
—No sé. Me parecía...
—¿No habrás visto por casualidad un colombre? —decían ellos entre risas al
tiempo que tocaban madera.
—¿De qué se ríen? ¿Por qué tocaban madera?
—Porque el colombre es un bicho que no perdona. Y si se pusiera a seguir a esta
nave, eso querría decir que uno de nosotros estaba perdido.
Pero Stefano no cedía. La constante amenaza que iba en pos de él parecía más bien
multiplicar su voluntad, su pasión por el mar, su arrojo en los momentos de fatiga y
peligro.
Una vez se sintió dueño del oficio, con el pequeño caudal que le había dejado su
padre adquirió junto con un socio un pequeño vapor de carga, luego se hizo su único
propietario y, gracias a una serie de travesías afortunadas, pudo a continuación comprar
un verdadero buque mercante y apuntar a metas cada vez más ambiciosas. Pero los
éxitos, los millones, no conseguían apartar de su ánimo aquel continuo tormento; y
nunca, por otra parte, se le pasó por la cabeza vender y retirarse a tierra para emprender
negocios distintos.
Navegar, navegar, ése era su único afán. Apenas ponía pie en cualquier puerto
después de largas travesías, en seguida lo espoleaba la impaciencia por partir. Sabía que
allá lo esperaba el colombre y que el colombre era sinónimo de perdición. Era inútil. Un
impulso indomable lo arrastraba de un océano a otro sin descanso.
Hasta que de pronto un día Stefano reparó en que se había hecho viejo, viejísimo; y
ninguno de los que lo rodeaban sabía explicarse por qué, siendo rico como era, no
dejaba por fin la azarosa vida del mar. Viejo, y amargamente infeliz, porque toda su
existencia se había gastado en aquella especie de loca fuga a través de los mares para
escapar de su enemigo. Pero para él siempre había sido más fuerte que la dicha de una
vida holgada y tranquila la tentación del abismo.
Y una tarde, mientras su magnífica nave se hallaba fondeada frente al puerto donde
había nacido, se sintió próximo a morir. Entonces llamó a su segundo oficial, en quien
tenía mucha confianza, y le instó a que no se opusiera a lo que pensaba hacer. El otro se
lo prometió por su honor.
Una vez seguro de esto, Stefano reveló al segundo oficial, que lo escuchaba
turbado, la historia del colombre que durante casi cincuenta años lo había seguido sin
cesar inútilmente.
—Me ha seguido de un confín a otro del mundo —dijo— con una fidelidad que ni
el amigo más noble habría podido mostrar. Ahora me voy a morir. También él, ahora,
estará terriblemente viejo y cansado. No puedo traicionarlo.
Dicho esto, se despidió, hizo arriar un bote y, después de hacer que le dieran un
arpón, partió.
—Ahora voy a su encuentro —anunció—. Es justo que no lo defraude. Pero lucharé
con las fuerzas que me quedan.
Con débiles golpes de remo se alejó del barco. Oficiales y marineros lo vieron
desaparecer a lo lejos, sobre el plácido mar, envuelto en las sombras de la noche. En el
cielo, como una hoz, lucía la luna.
No tuvo que esforzarse mucho. Súbitamente, el horrible hocico del colombre
emergió al lado de la barca.
—Aquí me tienes por fin —dijo Stefano—. ¡Ahora es cosa nuestra!
Y, reuniendo sus últimas energías, levantó el arpón para lanzarlo.
—Ah —se quejó con voz suplicante el colombre—, qué largo camino hasta
encontrarte. También yo estoy destrozado por la fatiga. Cuánto me has hecho nadar. Y
tú huías, huías. Y nunca has comprendido nada.
—¿Por qué? —dijo Stefano picado en su orgullo.
—Porque no te he seguido por todo el mundo para devorarte, como tú pensabas. El
único encargo que me dio el rey del mar fue entregarte esto.
Y el escualo sacó la lengua, tendiendo al viejo capitán una esfera fosforescente.
Stefano la cogió entre los dedos y miró. Era una perla de tamaño desmesurado.
Reconoció en ella la famosa Perla del Mar que procura a quien la posee fortuna, poder,
amor y paz de espíritu. Pero ahora era ya demasiado tarde.
—Ay de mí —dijo meneando tristemente la cabeza—. Qué horrible malentendido.
Lo único que he conseguido es desperdiciar mi existencia; y he arruinado la tuya.
—Adiós, hombre infeliz —respondió el colombre. Y se sumergió en las aguas
negras para siempre.
Dos meses más tarde, empujado por la resaca, un bote arribó a una áspera escollera.
Fue avistado por algunos pescadores que, movidos por la curiosidad, se acercaron. En el
bote, todavía sentado, había un blanco esqueleto; y, entre sus dedos descarnados,
sujetaba un pequeño guijarro redondo.
El colombre es un pez de grandes dimensiones, espantoso a la vista, sumamente
raro. Dependiendo de los mares y de los pueblos que habitan las orillas, recibe también
el nombre de kolomber, kahloubrha, kalonga, kalu-balu, chalung-gra. Curiosamente, los
naturalistas desconocen su existencia. Hay quien sostiene que no existe."


... que no sea ya demasiado tarde! 
Ain't no Mountain High Enough, maravillosa versión de Marvin Gaye que nos desarma fronteras y barreras...


Migas manchegas en Villarrubia


Migas manchegas en septiembre...


Las migas son una comida humilde y son una comida de compadres, de comadres... como hacemos nosotros cada año en Villarrubia. Esta vez ha sido algo especial porque acabamos la tarde en Almagro, viendo unos Entremeses de Cervantes... Y continuamos el domingo de Romería en Villarrubia de Santiago.
Un fin de semana de campo, Romería, La Mancha, Toledo y, sobre todo, un plan de amigos, de esos que te hacen sentir viva y que te limpian la cabeza...

Se acaba septiembre con una gran luna llena en la noche de San Miguel, ahora ya si que comienza el otoño...

Todos los años por estas fechas, Rosa y Fernando nos juntan a los amigos en la casa familiar de Villarrubia de los Ojos, en  Ciudad Real, para tomar unas buenas migas manchegas.

Las migas nos las hacen Lucía y Dolores, con la gran ayuda de Paqui! A Lucia le pedí permiso para sacarla en este blog y, además, le pedí queme contara como nos hacía las migas.  Así es como me lo contó...
 


"Fríes los ajos en poco aceite y añades las guindillas secas, se añade un poco de agua (no toda) y  un poco de sal cuando el agua hierva. Lo dejas dar unas vueltas para que suelte la sustancia. Se añaden  las migas y se revuelve bien, las migas pueden estar "regadas" o bien se añade más agua  a medida que se hacen. Lo importante es que el fuego sea bueno, a medio gas y que se remuevan constantemente."


"Las migas estan hechas según lo que se tarde en secarlas."
"A fuerza de calor y de moverlas es como se quedan sueltas"
Lucía






Ingredientes:
  • 2 bolsas de migas, de 1 /2 kg cada una,
  • 1 cabeza de ajos,
  • 2 guindillas grandes,
  • Aceite, sal,
  • Agua... la que pida (litro y medio aprox.)

                                                                                         El plato de Xris...

Y en este patio las disfrutamos... a veces las migas, siempre el café, siempre la tertulia...


Lucía, Paqui, y Dolores.... gracias por esas migas, este año hasta con chocolate!



Tarde-noche en Almagro, viendo unos Entremeses Cervantinos en el Corral de Comedias, mejor el sitio que la interpretación... en mi opinión! La plaza de Almagro estaba maravillosa de verde...
habrá que volver en julio para ver su festival de teatro clásico y disfrutar una noche de verano y cañas, como es tradición, el mesón y el teatro...


      ENTREMESES CERVANTINOS:

        "El Vizcaíno fingido"
        "La cueva de Salamanca"
        "El viejo celoso"


"Construido en el siglo XVI con la doble función de mesón y corral de farsa, hoy no ha perdido su calidad de escenario"



Y, terminamos, al día siguiente, de Romería en el Castellar, en Toledo, cerca de Villarrubia de Santiago.

Romería junto al Tajo,con una gran comida de amigos en el campo a la que nos invitaron Paola y Nacho, en casa de Fernando... con unas chuletillas de cordero a la brasa de cena, en compañía de una buena panda de amigos!!